jueves, 2 de abril de 2020

Un día el gigante Momotombo llevó a su pequeño hijo a bañar a orillas de un gran lago de agua cristalina. A Momotombito que era el nombre del pequeño, le gustaba bañar en aquel lago porque en sus aguas nadaban peces y cocodrilos con los que podía jugar. Un día, cuando Momotombito estaba un poco más grande, su padre le dijo que le contaría unos cuentos que le iban a gustar. El pequeño gigante se puso ansioso por escuchar la historia que contaría su padre, "a ver Momotombito, sentate en la orilla que te voy a contar un cuento". Momotombito empezó a chapalear de alegría, ansioso de escuchar los cuentos que le contaría su papa.

Los cuentos de Momotombo


Los volcanes 

Dicen los ancianos que hace mucho tiempo, nuestros volcanes fueron gigantes colosales que  cuando caminaban, hacían temblar la tierra y todo lo que había en ella. Con cada paso de los colosos, los árboles se mecían, las aguas se jamaqueaban y las piedras se movían de su lugar.

Los gigantes eran guerreros. Su fuerza descomunal y su tamaño no se comparaban con nada. Su cuerpo estaba hecho de piedra y contaban con un arma poderosa en su interior; de sus manos brotaba fuego que podían lanzar. Ellos estaban encargados de proteger la tierra en la que se encontraban y todo lo que habitaba en ella.

Un día, los gigantes del mar que estaba en el oeste se reunieron para conversar, pues aquella tierra joven era muy codiciada por ellos, porque en tiempos remotos, esa tierra, había estado bajo las aguas.

Pero el día que se reunieron para planear como invadirían esa tierra, una gaviota hambrienta que volaba sobre el mar buscando comida, vio un grupo de peces nadando muy cerca de los gigantes. Debido al hambre de la pequeña ave, que hasta le hacia que le sonara la barriga, el grupo de peces le parecieron apetitosos y se arriesgó a atrapar uno.

Los gigantes del mar estaban reunidos planeando como robarían aquella tierra donde ya vivían animales de todas formas y colores; animales que volaban, otros que nadaban en los ríos y los lagos. Animales que hacían sus casas en la tierra y otros que se mecían en los árboles.

La gaviota se zambulló en el mar para sacar al menos un pececito. Los gigantes la vieron pero no prestaron atención al animalito, que para ellos era diminuto e inofensivo. La gaviota entró en el agua y al salir con su presa en el pico, escuchó lo que los gigantes hablaban:

Ah llegado el momento, vamos a conquistar aquella tierra. Sí, dijo otro de ellos, desde hace mucho que la queremos y ahora va a ser nuestra.

La pequeña gaviota se asustó al escuchar a los gigantes, soltó el pez que había atrapado y salió volando con dirección a tierra firme para avisar a los gigantes de fuego. Aleteaba sus alas blancas con toda su energía, pues la noticia lo preocupó mucho.

No puede ser, pensó la gaviota, si los gigantes de agua se apoderan de la tierra, no habrá lugar donde hacer nuestros nidos, ni poner nuestros huevos. Tampoco los otros animales podrán vivir. Tengo que avisarle a los volcanes de esto.

Los volcanes habían sido nombrados como guardianes, para custodiar la tierra donde se encontraban, por eso, cuando había alguna amenaza con la que los animales no pudieran lidiar, avisaban a los volcanes. Esta vez, la amenaza eran los gigantes de agua, que querían para ellos las tierras que conectaban el continente del norte con el del del sur.

La pequeña gaviota llegó donde uno de los gigantes, Cosigüina. El volcán estaba sentado sobre una península soleada, desde donde podía divisar los mares y las tierras que la rodeaban. La pequeña ave marina se acercó a la oreja del gigante y le contó lo que había escuchado.

Cosigüina al escuchar la noticia de la pequeña ave, se sorprendió y supo que debía avisar a sus hermanos que estaban tierra adentro. 

os gigantes no podían permitirlo, por ello se reunieron para planear cómo impedirían el avance de las aguas del mar.

Decidieron dividirse en grupos para frenar el avance de los mares por las costas del oeste. Por ello, emprendieron una gran caminata hacia el mar.

Los gigantes se quedaron en la orilla esperando que las grandes olas se acercaran y cuando lo hicieron resistieron con sus grandes brazos haciendo que retrocediera con el fuego que lanzaban.

El mar no pudo contra ellos, porque estaban decididos a proteger la tierra verde que cuidaban. La fuerza de los gigantes y su espíritu de fuego, hizo que las aguas del mar desistieran en tomar la tierra que no les pertenecía y estas retrocedieron y volvieron a su lugar.

Agotados por la lucha regresaron tierra adentro y se sentaron para descansar. Al haber cumplido con su tarea y muy cansados se convirtieron en volcanes, de esa manera podían descansar tranquilos, vigilando el mar de cerca y evitando que este no cruzara al otro lado de nuevo.

Y fue así como nació en Nicaragua La Cordillera de lo Maribios, el volcán Cosigüina que vigila como un faro el Golfo de Fonseca, al igual que el Momotombo, gigante ronco y sonoro, el Mombacho, Masaya y los volcanes gemelo de Ometepe, el Concepción y el Maderas, quienes reposan y rugen de vez en cuando.


Los guardianes del lago

Antes de que lo hombres y mujeres de maíz caminaran por la tierra hubo una gran lluvia que llenó dos huecos que estaban en el centro de ella. Esos huecos de inmediato se convirtieron en lagos de agua dulce llenos de peces y agua fresca.

Uno de los lagos era más grande que el otro. Por ello en él habitaban animales más grandes como tiburones, cocodrilos, peces espada y las pacíficas vaquitas de agua. El lugar era tan bonito que los dioses gustaban visitarlo para descansar.

Pero no solo ellos lo hacían. En el norte de esos lagos, habitan los gigantes de piedra y mármol que llegaban a tomar del agua dulce de los lagos y, tomaban tanto, que los lagos se estaban secando. Al ver los dioses que esto no era bueno y que los pequeños animales se quedarían sin agua que tomar mandaron guardianes para proteger esas aguas.

Para cuidar el lago más pequeño se ofreció el dios Xolot, que transformado en un fiero can, mantenía a ralla a los gigantes de esa zona. Con su gran olfato los podía oler a kilómetros de distancia y con sus fuertes ladridos los sacaba corriendo.

Pero el lago más grande necesitaba mayor cuidado por su gran extensión. Por ello los dioses designaron a las gigantes gemelos para custodiarlo. Cada vez que un gigante de mármol y piedra quería acercarse a tomar el agua, los gemelos encendían sus fumarolas y expulsaban truenos y fuego para asustarlos.

Los gigantes de piedra al ver a los imponentes guardianes que no les dejaban tomar más agua, decidieron huir al norte, entristecieron y empezaron a llorar, de esta manera los ríos que nacen en las montañas del centro del país regresan el agua que estos gigantes se tomaron hace mucho tiempo de los lagos.

Y fue así como el lago menor fue llamado como su guardián, Xolotlan y los gemelos de fuego continúan en el centro de aquel gran manto de agua dulce custodiándolo de los intrusos y cuidando a los animales que viven en el.