Microrelatos




La diosa y los cazadores


Érase una vez hace mucho tiempo, antes de que los hombres rubios llegaran a esta tierra, caminaba por las llanuras repletas de árboles una joven muy hermosa, le encantaba salir y subir los árboles, comer sus frutos y jugar en el río. Un día, dos cazadores la observaban mientras bañaba, queriendo aprovecharse de ella se abalanzaron hacia la joven y en ese preciso instante, se desvaneció de sus mano como si agua se tratase. Atónitos los dos hombres salieron espantados del río pero vieron que la joven los esperaba en la orilla. A pesar de su tierna expresión se trataba de una diosa muy poderosa, de las pocas que paseaban en los jardines de la tierra. Intentaron aprovecharse de mi, por ello van a pagar, exclamó molesta la joven. Y en un abrir y cerrar de ojos transformó a los hombres en árboles. De este modo, dijo, no podrán ver, ni tocar a nadie, servirán de nido a los pájaros y cuando el viento sople fuerte sentirán el dolor de sus ramas quebrándose. Desde ese instante, los dos árboles solo fueron visitados solo por los pájaros para hacer sus nidos y los perros cuando hacían sus necesidades sobre sus pies.



El niño y el sabio


-¿pero cómo es la vida?, preguntó el niño.
-el sabio le dijo, es como un camino, que a veces recorrerás entre niebla o descalzo sobre senderos de piedra, a veces te toparás con un riachuelo para refrescarte, a veces el camino será largo y agobiante, pero recordá, aunque la niebla no se disipe o el sol tarde en salir, no fijes tu mirada en el cielo o en la tierra, si no vas a tropezar o te perderás, para continuar sobre el camino mirá hacia el frente hasta encontrar la luz.



Lluvia dile a ella... 

Lluvia, que traes contigo el frio del invierno, que calas mis huesos con tu helado viento, lleva de tu brisa a su ventana y dile que ella sin duda es la mas bella.

La guerra de los dioses

Los dioses discutían si los hombres debían poseer sus poderes, en ese instante los animales medianos de la creación entraron sin ser vistos, robaron las piedras sagradas que guardaban el poder de los dioses y se las llevaron a los hombres y mujeres de la tierra.
Al darse cuenta, los dioses enviaron al viento y el trueno a perseguirlos, lanzando ráfagas y rayos para detener a los animales, pero estos lograron adentrarse en la selva, la diosa de la naturaleza les ayudaba. Las hojas y raíces cubrieron los pasos de los animales y su rastro se perdió entre los árboles.
La naturaleza y la lluvia hablaron con el trueno y el viento, los convencieron de que los hombres debían liberarse de las crueldades a las que estaban sometidos, estos aceptaron ayudar y forjaron de las piedras sagradas las armas divinas y las dieron como obsequio a la humanidad. La guerra estaba por empezar.






El viejo y el perro



Dicen que en una esquina de Ocotal llegaba todos los días un viejo y un perro. Los adultos contaban que desde que eran niños el viejo ya era viejo y el perro también se echaba ahí. En las mañanas los niños que iban a la escuela toreaban al perro y al viejo, ambos los ignoraban. Un día el viejo no llegó, tampoco el perro. ¿Qué pasó con el viejo?, decía la gente. Los niños ya no tenían a quien torear, tampoco los perros a quien ladrar.

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